jueves, 8 de diciembre de 2011

Corre si puedes

Por: Carmen Kuong

Al despertarme aquella mañana de diciembre, jamás imaginé lo importante que iba a ser. Como siempre decidí vestirme con jean, polo, chompa y sandalias. Al salir de mi casa noté que la temperatura estaba bajando y regresé a cambiarme: zapatillas era una mejor opción.

Adriana Dávila, hoy en día arquitecta .
Mi día transcurrió como lo había pensado: ir al trabajo y en la noche a un partido de futsal en la Videna. Allí me encontré con Adriana (una amiga y en ese momento una compañera de la selección de fútbol) y me comentó que era el baby shower de una deportista, ex integrantes de una de las tantas selecciones de fútbol. La reunión iba a ser en el Rímac, en la casa de la madrina del bebé.

Sin pensarlo, ya tenía una fiesta más tarde, le dije que no tenía inconvenientes y la acompañaría pese a que había visto, no hace mucho, noticieros, programas dominicales y reportajes que informaban acerca del alto grado de delincuencia en Lima. El modo en que operaban era increíble y entre los distritos con alta tasa de peligrosidad estaba el Rímac.

Cerca de las ocho de la noche, salimos de la Videna a la Avenida del Aire y decidimos tomar un taxi. Ya en el carro, noté que el taxista había decidido tomar una ruta, para mi gusto, algo peligrosa. Le increpé y le pedí que tratara de no parar salvo en los semáforos y que mantuviera cierta velocidad para poder evitar cualquier intento de robo, ya que estábamos pasando por los Barrios Altos y ese distrito es, a mi punto de vista, más peligroso que el Rímac. Era como meterse a la boca del lobo.

Seguíamos el camino cuando a lo lejos pudimos distinguir la cúpula que se encuentra en la Plaza de Acho, lo que hizo que me sintiera más tranquila. En ese momento, el taxista tomó una avenida que cuadras después nos llevaría a la puerta de nuestro destino. Pero no avanzamos mucho por esa avenida cuando el taxista decidió girar a la izquierda y luego a la derecha, lo que llamó mi atención. Adriana, que se encontraba sentada detrás de él, giró y me miró como preguntándome: ¿Qué esta haciendo? De inmediato le increpé y lo único que atinó a decirme, mientras me miraba por el espejo retrovisor,  fue “disculpe señorita pero por acá es más libre”. Giré y le dije a Adriana: este tipo está loco. En ese momento ya estaba muy preocupada porque sabía que la avenida que había elegido el taxista era muy peligrosa. Justo cuando andaba mirando a todos lados, Adriana tuvo la ocurrencia de sacar el celular con una mano, mirar la hora y con la otra mano pagarme porque me debía plata.

Por un segundo, al sacar mi billetera, perdí la vista el camino. Tenía todavía la billetera en la mano, cuando el taxista bajó la velocidad, giró a la derecha (para entrar de nuevo a la avenida de la cual nunca debió salir) y de la nada apareció un chico corriendo a toda velocidad en dirección a “nuestro taxi”. El muchacho no dudó en lanzarse por la ventana del copiloto, la luna estaba baja, logrando su cometido. En ese momento empezó una lucha entre el ladrón, que tenía la mano en la llave del carro, y el taxista que trataba de evitar que le apague el carro. Solo atiné a decirle al taxista, mientras golpeaba su asiento, que acelerara porque noté que venían corriendo cinco personas más en dirección al taxi. Solo pensé: si salimos del carro perdimos. Al acelerar, el taxista perdió el control del carro, soltó la llave para poder girar el timón y evitar chocar contra un poste.

Se me congeló la sangre, el ladrón logró apagar el carro. En un segundo, estábamos rodeadas de varias personas que “bolsiqueaban” al taxista e intentaban abrir la puerta por el lado de Adriana, quien luchaba para evitarlo. Giré rápidamente y vi a uno de los ladrones abriendo mi puerta. Lo único que hice fue girar, entregarle mi billetera que la tenía en la mano y Adriana le dio su celular. Cuando el tipo salió del taxi para ver los objetos, Adriana y yo bajamos por esa puerta. Ante una voz que ordenó: ¡cójanlas!, ¡cójanlas!, partimos la carrera. Corrimos como nunca, a toda velocidad y sin mirar atrás.

Dos cuadras después paramos al ver que no nos seguían. En ese momento y con la adrenalina a mil, miré a Adriana y solo atiné a decirle: casi vengo en sandalias. Adri solo me miró y se rió.



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