Para iniciar un partido de futsal se necesitan dos árbitros, dos equipos, un terreno de juego y el infaltable señor canchero. Sin Luis Arias Miranda las tribunas no gozarían y el futsal no sería el mismo.
Por: Carmen Kuong.
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l, su bolsa grande de color azul repleta de canchita[1] y su voz ligeramente ronca nos dan la bienvenida al coliseo de futsal de La Videna. “Es muy alegre y de buen carácter. Siempre te pasa la voz y se lleva bien con todos”, comenta una deportista e hincha del futsal. Así es Luis Arias Miranda más conocido como el señor canchero o cancha. Al ingresar el equipo de varones de una conocida universidad limeña, como si fuera parte del protocolo antes de un partido, se acercan a saludarlo. Él los llama a cada uno por su nombre o sobrenombre y empieza a contarles los pormenores del partido anterior.
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Un cliente se acerca y le pide una canchita. Ha dejado descansar el bolsón grande de color azul (en un pequeño lugar dentro del coliseo de Videna) y tiene en el brazo una bolsa pequeña de color amarillo que la lleva en un brazo. En el otro brazo lleva una caja cortada por la mitad que finge de azafate, donde lleva las papitas, habas y maníes. “Espérame aquí. Siéntate en la banca ahorita regreso. Aprovecha que hay un buen partido”, me dice mientras se acerca a vender alguno de sus productos.
| Con 59 años en el mercado , es el vendedor más antiguo de nuestro país |
Unas personas sentadas un par de gradas más abajo giran y le pasan la voz. Él les hace un gesto con la mano indicándoles que vengan. Al acercarse los chicos le gastan un par de bromas. Todos nos reímos y él, que tiene esa picardía propia de las personas que viven en la rica Vicky[4], se mata de la risa. “Me la hiciste pues sobrino. Qué deseas, ando conversando”, comenta tratando de devolver la broma. ¡Grave error! Estos chicos son de temer. Bromas van, bromas vienen. Llegan por todos lados, parecen nunca parar. Él es el punto pero no se pica[5]. Al contrario, aprovecha el momento y empieza a vender. “Así es acá siempre. Capaz no los conozco a todos pero si me ubican. Hago que se sientan cómodos y es ahí donde vendo. Todo siempre con respeto”, dice mientras está alcanzando a una niñita un paquete de habas.
“Así como ves a las personas acá súper bromistas; los futbolistas y futsalistas son igual de laberintosos. En la época que vendía en los entrenamientos en Matute, conocí a Cueto, Cubillas, Perico León. También conocí a Susoni (toma una pausa y respira hondo), Tomasini y todos los finaditos. Eran muy buenos…que pena que partieron”, comenta mientras del bolsillo delantero de su mandil color naranja saca un papel para secarse el sudor. “Había un negrito muy lindo que jugaba muy bien. Siempre terminado su entrenamiento iba y le limpiaba el carro a Waldir Sáenz. A veces se me acercaba y le invitaba papitas, canchita o lo que me pidiera. Era todo un caballerito”, añade.
-¿Quién era?, pregunto.
- Jefferson Farfán- responde.
Con un gesto de resignación continúa diciendo que el zambito cambió. Ese cambio lo atribuyó a Melissa, ex esposa de Farfán.
-Una vez me lo encontré en Videna. Él había terminado de entrenar-, comenta.
- ¿Qué paso, te reconoció?-
- Si, me dice muy emocionado. Se me acercó, me saludó y en esa ocasión me regaló cien dólares-.
- Por qué dices que Melissa lo cambió, pregunto.
- Porque en una ocasión, estábamos en Matute y me llamó para comprarme canchita. Me pagó con un billete grande. Me dijo que me quedara con el vuelto pero ella se fastidió y le reclamó.
- ¿Qué hizo él?, pregunté.
- No supo que hacer. Me guiñaba el ojo diciendo no le hagas caso pero me fastidió la actitud de ella. Así que saqué todo mi sencillo y le di su vuelto.
Un grupo de chicas ingresan al coliseo (como parte de la barra de un equipo universitario). Entre silbidos coquetos, susurros al oído, miradas atentas y sonrisas de lado. Un chico, muy valiente dada la situación, se acerca decidido. Parece que conoce a una de las señoritas por los pasos seguros que da al andar. Se va abriendo paso y se dirige a una de ellas. Ella sin saber que hacer se queda paralizada. El chico se detuvo casi a un metro.
-Mamacita ¡Que rica que estás!”, dijo.
El sr Canchero se paró y se adelantó a los chicos, enamorado, amigos y familiares, que acompañaban a las señoritas. -Rica y fresquita está la canchita, maní, habas. Un Sol cualquiera ¿Qué te doy?-, dijo. Las risas se hicieron escuchar disolviendo el momento tenso. El joven solo atinó a sacar una moneda, coger una bolsa de canchita e irse.
“Hoy a mis 68 años me e vuelto a enamorar perdidamente: El futsal me ha cautivado. Mis hijas me reclaman por qué no paro en casa. Quieren que me siente a ver televisión y para que no me aburra me ponen fútbol o futsal pero no es igual. Me paro y les digo que tengo que trabajar. Cojo mi bolsa con las canchitas ya empaquetadas y me voy al coliseo. Ahí conozco a todos y sino igual me pongo a conversar y a vender ¡Total! Todos estamos ahí por lo mismo: el futsal”, finaliza el sr. Canchero.




